La vida es dada por Dios. Únicamente Él es Señor sobre la vida y muerte. Por lo tanto, ningún hombre tiene derecho a poner término a una vida humana.
La violencia y la falta de respeto a la vida propias de la sociedad actual no pueden relativizar este mandamiento.
El mandamiento de no matar comprende al mismo tiempo el encargo de proteger y preservar la vida humana.