El sacrificio perfecto de Cristo sustituyó al servicio de la ofrenda del Antiguo Testamento. Jesucristo llevó una vida sin pecado. Por su sacrificio, la entrega voluntaria de su vida (Jn. 10:17-18), quebró el poder de Satanás y venció al diablo y sus obras, es decir, al pecado y la muerte (2 Co. 5:21). Desde ese entonces es posible el perdón de los pecados, en el sentido de que estos son borrados (He. 10:18), así como la redención de pecado y muerte (Ro. 3:24).