El Servicio Divino se basó en el texto de 1 Juan 4:21: «Nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano». El mensaje central giró en torno al amor como fundamento de la fe cristiana y como motor para la acción en la vida cotidiana.
El amor, una obra de todos los días
El Obispo inició su prédica recordando que el amor es un don que debe renovarse cada día. Tomando como base la palabra de Efesios 2:10, subrayó que los creyentes son “hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras”, y que cada situación de la vida es una oportunidad preparada por Dios para poner en práctica esas obras de amor.
Amor a Dios y amor al prójimo
“El que ama a Dios, ame también a su hermano”, recalcó el Obispo, destacando que ambas dimensiones son inseparables. Amar a Dios significa interesarse por su voluntad, agradecer por todo lo recibido y mantener vivo el compromiso asumido con Él, como en el voto de Confirmación o en el compromiso de llevar a nuestros hijos a la iglesia. Este amor se refleja también en la disposición a ayudar al prójimo, escuchar, acompañar y sostener en la oración a quienes nos rodean.
Preparación para la venida de Cristo
El Obispo explicó que el apostolado ayuda a reconocer a Jesús y que el Espíritu Santo revela la esperanza de su retorno. Si la comunidad vive en el amor de Cristo, esa fe se traduce en acción y se convierte en preparación para su venida. “El amor no se puede quedar quieto, nos impulsa a actuar”, afirmó, señalando que la verdadera dignidad de la Iglesia como “novia de Cristo” se mide por el amor que demuestra hacia Dios y hacia los demás.
El ejemplo de Jesús
Jesucristo es el modelo a seguir en el cumplimiento de las promesas y en la práctica del amor. Amar a Jesús, indicó el Obispo, implica tomar en serio su palabra, esforzarse con sinceridad y alegrarse en la certeza de su retorno. “El amor nos mueve a ver lo que, sin él, pasaría desapercibido: la necesidad del otro, su dolor, pero también su valor y su dignidad”, concluyó.