Quien agradece reconoce que ha sido bendecido. Muchas de las bendiciones que recibimos cada día no son evidentes: el amor de Dios, su paciencia, su protección, su gracia… todas ellas están presentes en nuestra vida, a menudo de forma silenciosa y discreta, pero siempre actuando.
En un salmo de David leemos: “Te alabaré entre los pueblos, oh Señor; Cantaré de ti entre las naciones.” (Salmos 57 : 9)
Nuestro agradecimiento debe hacerse visible y audible: en la oración, en el servicio divino, en la vida diaria. Y también en la ofrenda que presentamos a Dios de manera libre y amorosa.
Las ofrendas de gratitud de este año se destinarán, como es habitual, a diversos fines dignos de apoyo: desde ayudas especiales para hermanos y hermanas que atraviesan situaciones difíciles, hasta proyectos y actividades de la Iglesia en los países que acompañamos. Estos países cuentan con un gran espíritu de entrega, aunque sus posibilidades económicas son a menudo limitadas.